México, D.F., a 15 de Marzo de 2005
TEMORES INFUNDADOS
Alejandro Córdova Gutiérrez
Analista político
Los senadores David Jiménez
González y Dulce María Sauri, del Partido Revolucionario
Institucional, se oponen a que se utilicen mediciones de opinión
para definir a los aspirantes que vayan a una elección interna
del PRI por la candidatura presidencial, por considerar que se vulneran
los derechos políticos de los militantes.
Argumentan los senadores que se
oponen, que otro riesgo de ese método sería que algún
aspirante a puesto de elección popular se inconformara ante
la autoridad electoral, pues afirman que para los organismos electorales
las encuestas no son determinantes para poder acreditar la candidatura
de una persona en particular.
Afirman los senadores que si las
encuestas determinan candidaturas, Andrés Manuel López
Obrador llevaría la delantera y, entonces –dicen los
legisladores- ¿qué caso tendría que participaran
los otros contendientes de los otros partidos políticos?.
La senadora Sauri, expresidenta
del PRI, consideró un exceso haber aprobado esas modificaciones
estatutarias en la reciente XIX Asamblea Nacional del PRI, porque
se puede incurrir en la vulneración de los derechos políticos
de los militantes.
Al respecto cabe hacer algunas precisiones
y consideraciones, dada la importancia del tema en cuestión.
En días pasados el CEN del
PRI anunció que los aspirantes que deseen participar en el
proceso de elección interna del partido, deberán acreditar
su potencialidad de precandidatos en un ejercicio de medición
de opinión, además de los requisitos estatutarios.
Es entendible que entre la media
docena de aspirantes que buscan la candidatura presidencial del
PRI, midan sus fuerzas en una contienda interna únicamente
los que den el peso en la báscula. No tiene ningún
sentido que participen los que carecen de un porcentaje mínimo
en las preferencias electorales, como tampoco sería justo
que se marginara a un aspirante con amplias preferencias entre el
electorado.
En teoría, en la elección
interna de cualquier partido político debieran participar
únicamente los mejores; los que aprobaran exámenes
previos sobre temas elementales para un candidato presidencial y
se calificaran capacidades, aptitudes y actitudes. También
se evaluaría la visión de estado y, desde luego, exámenes
médicos y el infalible polígrafo. Asimismo sería
deseable que un jurado calificara a los aspirantes en función
de resultados, de la eficiencia y el desempeño del aspirante
en los puestos anteriores.
Por lo pronto, en las democracias
modernas se ha optado por medir las preferencias del electorado.
Las encuestas, estudios de opinión, sondeos y mediciones,
son ejercicios sanos que se realizan en países donde existe
libertad de expresión y brindan salud a la democracia. Estos
ejercicios permiten identificar a precandidatos y candidatos que
tienen a su favor las preferencias de la gente. Pocas veces se equivocan
y, menos, cuando son coincidentes los resultados que ofrecen distintas
encuestadoras; es mejor que surjan muchas encuestas, en vez de reprimir
o restringir su uso. Así mismo, son pocas las veces que la
gente se equivoca al emitir su opinión sobre una persona
que busca un puesto de elección.
Les asiste la razón a los
senadores cuando se refieren a que el Jefe de Gobierno del D. F.
encabeza las encuestas. Pero de ningún modo se ha dicho que
estos ejercicios suplan o deban suplir a la elección constitucional.
Las encuestas no son pronósticos que garanticen el futuro;
son fotografías de un lugar y momento determinados, y las
cosas pueden cambiar, como sucede frecuentemente.
Preguntémosle a Doña
Dulce María Sauri, en su calidad de expresidenta del PRI:
¿cómo fue que el tricolor llegó a la conclusión
de que, hace seis años, en la elección interna del
PRI deberían competir Francisco Labastida y Roberto Madrazo?
Muy fácil: el presidente Ernesto Zedillo fue quien decidió
quienes, cómo y cuándo competían, y por cierto,
la elección interna, la ganó por mucho Madrazo, a
quien Zedillo dejó competir para humillarlo y acabarlo, con
la derrota fabricada. Zedillo se dio a la tarea de inclinar los
votos de las urnas a favor de Labastida.
En política lo que cuenta
es el voto del electorado y ese voto tiene forma de medirse, todos
los días y a todas horas, con posibilidades de que cambien
las preferencias.
La senadora puede afirmar que una
golondrina no hace un verano. Tendría razón. Le preguntaríamos
entonces ¿cómo llegó al gobierno de Yucatán?
Fácil: por el impulso de un influyente compañero de
la escuela, que desde entonces tenía la visión de
llegar a la Presidencia de la República.
Pero dejemos a la senadora en paz;
recordemos en la historia reciente: ¿cómo fue que
en Hidalgo fue nominado por el PRI Miguel Osorio Chong?. Fue por
una imposición del gobernador Manuel A. Núñez
Soto, en una selección en la que pidió abdicar a los
demás aspirantes, entre los cuales, unos con dignidad rechazaron
el desaseado proceso; bueno, ni a elección interna llegaron,
ante el riesgo de que perdiera su delfín.
Entre los aspirantes invitados al
proceso y que fueron marginados y atropellados, quedan resabios
y rencores que, como buenos políticos, deberán guardar.
Núñez tuvo la fortuna que el candidato del PRD, Pepe
Guadarrama, sabe negociar y negoció: cobra caro, pero valió
la pena para Núñez.
Ahora el gobernador Núñez
pide para la elección interna presidencial: reglas claras,
democracia, equidad, respeto… ¿cómo es posible
que Núñez exija lo que no pudo dar?.
Asimismo, ¿Qué pasó
en el Estado de México con el reciente proceso interno del
PRI? Las encuestas previas señalaban como favorito a Carlos
Hank, a quien ayudó en 99 % el apellido. Esa es la realidad.
Fue similar a lo que le ocurrió a Miguel Alemán en
Veracruz, quien llegó a la gubernatura gracias al nombre
y apellido que gratamente recordaban los veracruzanos. Alemán
ni vivía en Veracruz, a partir de que decidió buscar
la candidatura, le construyeron sus residencias en Xalapa y en el
puerto, que tuvo que esperar seis años para ocuparlas, toda
vez que Carlos Salinas optó por Patricio Chirinos, su cuatazo
del alma.
Pero volviendo al caso Toluca, hoy
en día, con Hank de candidato el PRI iría en caballo
de hacienda: empresarios, obreros, campesinos, inversionistas...
andarían de plácemes en campaña, como en los
buenos tiempos del PRI.
Sin embargo el gobernador Arturo
Montiel optó por el método hidalguense y pidió
a Hank, al igual que con los otros aspirantes, el apoyo para su
delfín Enrique Peña, a todas luces en desventaja con
Carlos Hank, con los resultados a la vista: un empate técnico
entre los candidatos del PRI, PAN y PRD. Montiel va a sudar para
sacar adelante a su candidato.
Al igual que Núñez,
Montiel ahora exige una elección interna abierta, transparente,
democrática, equitativa y justa, con igualdad de condiciones.
Bueno, resulta kafkiano: por un lado Montiel atropella a los aspirantes
y por el otro exige respeto para sus apetitos presidenciales.
En fin, así podríamos
ir de caso en caso. Terminaríamos con Tamaulipas y Veracruz.
En el primero, Tomás Yarrington celebró la elección
interna prometida y para no errarle se llevó de asesor a
Don King, con buenas cuentas y mejores resultados en la elección
constitucional, en donde el candidato del PRI desplegó todo
su bagaje y carisma, resultando un espléndido político
que se ganó la confianza de la gente. Aquí cabe señalar
que el aspirante perdidoso en la interna del PRI era un senador
de carácter agrio y ajeno al pueblo, que se la pasaba jugando
golf. Finalmente hizo bien Yarrington en celebrar la elección
interna.
En Veracruz, el candidato de Miguel
Alemán era Tomás Ruiz, a quien no le favorecían
las encuestas, ni las preferencias, ni vivía en Veracruz.
Suspicaces como son los veracruzanos rápidamente lo dañaron
al llamarlo: El Yucateco. Alemán no se daba por vencido,
pero su delfín dio de sí ante el tsunami que produjo
el trabajo político de Fidel Herrera Beltrán, con
quien la gente del pueblo se identifica, desde hace muchos años,
diciéndole: tío, mi negro, mi sangre... Alemán
supo reconocer la lectura de las encuestas.
De acuerdo con los pronósticos
Herrera triunfaría con un amplio margen, sin embargo la votación
del PRI descendió por los malos candidatos que el tricolor
escogió para presidentes municipales. Impopulares candidatos
que restaron puntos a Fidel.
Entre los aspirantes del PRI se
ha omitido el nombre de Enrique Martínez, gobernador de Coahuila,
quien tiene enfrente la elección para la renovación
de la gubernatura. Ojalá y realice un verdadero proceso democrático:
hay que predicar con el ejemplo. Empero subsisten visos de que también
impondrá a su delfín: el alcalde de Saltillo, Humberto
Moreira, dejando en el camino al talentoso senador Alejandro Gutiérrez:
así es la política. Lo malo es que cuando les aplican
la misma receta a los aspirantes presidenciales, no se aguantan.
Concluiríamos afirmando que
los políticos no deben temer al progreso, y aceptar los nuevos
instrumentos de la democracia. No debieran ser repelentes a las
mediciones de opinión. Por el contrario, deberían
exponerse sin temores, a la luz de la opinión pública,
para conocerse y ver si han logrado entrar en el ánimo del
electorado.
Desde luego los políticos
que han logrado penetrar en el ánimo de la gente, no necesariamente
son siempre los mejores gobernantes. Una cosa no es garantía
de la otra. Pero, las elecciones se ganan con votos -uno de diferencia
es suficiente- y los votos los brinda la popularidad del candidato
o aspirante, además de factores colaterales y de coyuntura
que le pueden favorecer en un momento determinado.
Hablando de senadores y encuestas,
baste recordar en la campaña de la elección presidencial
de hace diez años. Un solo evento bastó para que Diego
Fernández, candidato del PAN, rebasara con más de
diez puntos a su contrincante Ernesto Zedillo. En el debate televisado
Diego superó, por mucho, a un titubeante e inseguro Zedillo,
que traía en la espalda una piedra más pesada que
la del pípila: la sombra de Colosio.
En este momento las preferencias
electorales eran de Diego; tenía al electorado en la mano.
Sin embargo, como buen abogado, le ganó el buen juicio al
protagonismo. Sabía Diego que, ante las turbulencias, la
transición tenía que esperar para mejores tiempos.
Las encuestas son herramientas modernas
que permiten conocer con tiempo la opinión de la gente.
Algunos escépticos han señalado
que fallan, señalando que hace dos semanas el bueno era Carlos
Medina Plascencia para llegar a la presidencia del PAN. En efecto,
era el bueno, pero la mayoría de los consejeros panistas
se inclinaron finalmente por Manuel Espino. Sin duda las encuestas
previas sirvieron más a Espino, quien tomó providencias
para el triunfo.
Tal vez pasó lo que en el
palenque:
-Un invitado por primera vez, le
pregunta a su compadre que sí sabía de gallos: ¿cuál
es el bueno?
-El verde, responde el compadre.
-El invitado le apuesta todo el
dinero al verde.
-Gana el colorado.
-¿Qué paso compadre,
no que el bueno era el verde?
-Así es, responde el compadre,
el verde era el bueno. El colorado es muy malo. Nada más
mira como dejó al otro pobre.
.
|