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CRONICA INDEPENDIENTE
Por Miguel Berúmen Félix
SE ACABARON LOS HISTORIADORES
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Principales |
Encabezados |
SE ACABARON LOS HISTORIADORES.
La racha de historiadores e investigadores a los que les sale repentinamente
el interés por conocer la historia de Jerez en fechas anteriores
a la feria ha terminado. Es cíclica su labor. El año
próximo por las mismas fechas andarán en joda (por
no decir “jodiendo”) buscando los orígenes de
nuestro festejo, datos sobre Jerez, sus edificios, etc. El cariño
que dicen sentir por su tierra se les apaga cuando cobran el último
cheque y solo se les renovará como dice el corrido “hasta
el año venidero señores, que lo vuelvan a correr…”.
HABLANDO DE REINAS. En una de mis primeras colaboraciones escribía
sobre el abandono en que se tienen las gráficas de lo que
un día fue la Fototeca de la Belleza Jerezana. Yo creo que
las fotos de las Reinas de la Feria jerezana no se merecen el destino
que han tenido. Ojalá y alguien con el suficiente poder o
palancas me lea y tome mi propuesta como suya. Si se llegara a destrabar
el conflicto de la casa de la rinconada, (donde se pretende hacer
el Museo Charro) creo que debía dedicarse al menos una de
sus salas para exponer ahí las fotos de quienes han reinado
en las diferentes ediciones de la feria de primavera. Así
se rescatarían del abandono en que están. Y en esa
sala, propondría que además de las fotos con sus respectivos
nombres y año de reinado, se incluyera también en
cada gráfica una breve reseña de la Reina, de la Feria
de ese año o alguna anécdota. También sería
factible el imprimir un pequeño cuadernillo, que ahí
mismo se distribuyera, con la historia de cada una de las guapas
jerezanas que en su momento reinaron. Ojalá la propuesta
cuaje y haya alguien que se interese ahora en la conservación
de esos retazos de la galana historia jerezana, antes de que las
fotos que aún existen, se humedezcan más, se llenen
de hongos o de plano las tiren a la basura, y como en esta ocasión
no tengo mucho espacio, les ofrezco una narración cortita:
EL TESORO DEL MEZQUITE
Hace ya mas de 30 años, un viernes por la tarde mi papá
me dijo: “hijo prepara tu maleta, este fin de semana vamos
con tus abuelitos” y... como puse una cara larga, larga, mi
padre repuso: “hay una historia de un tesoro…”
con esas palabras me dio en mi mero mole, pues en esos tiempos,
en que mi lectura preferida eran las aventuras de Tom Sawyer, y
un libro “Carrusel Juvenil” donde narraban la historia
del tesoro de la Isla de Cocos, donde quiera me soñaba encontrando
algún cofre perdido lleno de monedas de oro.
El Marecito, de donde es originaria mi familia fue un rancho muy
próspero en la época de don Porfirio Díaz,
y teniendo una buena extensión territorial, era un lugar
de mucho auge. Mis parientes siempre vivieron ahí, anteriormente
tenían cargos de capataces y arrieros. Hay un llano donde
pastoreaban al ganado. Pero, en los años posteriores a la
revolución llegó un fuerte grupo de bandoleros a robarse
el ganado, mis ancestros defendieron ferozmente la propiedad de
El Marecito muriendo casi la mayoría de ellos.
Cerca de un cerro allá por El Ahuichote conocido como “El
Despeñadero” hay bastantes rumores que existe (y debe
existir) mucho dinero enterrado y en todo alrededor de la Estancia
de los Berumen también, pero hasta donde nos damos cuenta,
nadie ha sacado nada (o de tarugos dicen). Pero al menos una historia
está confirmada y sucedió el fin de semana de la ya
mencionada visita a mis abuelos en El Marecito.
El viernes en la noche ahí estábamos, recuerdo que
era época de lluvias, y como hacía bastante frío,
al llegar mi abuela nos recibió con una rica cena de frijoles
de la olla, huevos con chile verde y tortillas, con un café
bien caliente para el frío de la lluvia.
Mi abuelo comenzó a contarle a mi papá que su compadre
que vivía en la Estancia, le acababa de comentar sobre un
lugar cercano a su casa, por el rumbo del arroyo hondo, en el cual
una noche de lluvia al disiparse vio “arder” una flamita
pequeña como una velita al lado de un enorme y viejo mezquite,
decía que hasta se ondulaba y de repente casi se apagaba
y volvía a tomar fuerza después y duró así
unos minutos. Mi padre y mi abuelo se pusieron de acuerdo que al
siguiente día irían a la Estancia, pues si la flamita
era azul, a lo mejor había ahí algo enterrado. Y yo
me dormí soñando en tesoros y arrullado con el chipi
chipi de la lluvia que me acompañó toda la noche,
sobresaltado de vez en cuando por el escandaloso trueno de algún
relámpago que se oía muy cercano.
El sábado, muy tempranito, agarramos el camino para La Estancia,
varias veces estuvimos en riesgo de atascarnos por el lodazal. Nos
hicimos a un lado para darle paso a una camioneta que parecía
llevaba prisa. “Ese que pasó es Panchillo González,
ha de llevar una urgencia, pos lleva a toda la familia, y él
nunca maneja así de recio”, dijo mi abuelo.
Llegamos con el compadre de mi abuelo, este señor era famoso
en la región porque tenía muchos años haciendo
barbacoa en su horno. Para todas las bodas de la región lo
llamaban para que elaborara dicho platillo, porque decían
que sabía “echar muy bien la birria”. Al llegar,
el compadre reconoció a mi papá y lo saludó
efusivamente, le recordó que desde niño tenía
que no lo veía lo cual le daba gusto, pero me inquietó
su mirada perdida y extraviada al vacío con alguna preocupación,
andaba como gallina comprada.
Y como en los ranchos es costumbre, pa’ pronto nos invitó
a almorzar. Un consomé bien caliente que nos sabía
a gloria con lo húmedo del día, acompañado
de unos sabrosos tacos de birria; sin siquiera preguntarle y entrar
en conversación todavía sobre la famosa “flama”,
el compadre le dijo a mi abuelo: “¿Qué crees
que pasó en la noche compadre? estaba cayendo un tormentón,
de repente se escuchó un tronido y que cae algo pesadísimo
al suelo, salí en el aguacero y me di cuenta de que era uno
de los mezquites que están afuera del potrero viejo, de donde
te conté que se veía la flamita”. En eso todos
dejamos de comer y pusimos más atención. Continuó:
“y ahí voy corriendo con mi sarape y mi sombrero puesto
y vi el arbolote tendido sobre el suelo, inmediatamente pensé
en cortar algunos troncos para mi leña de mi barbacoa, pero
con el frío, la oscuridad y la lluvia me dio mucha flojera
y dije, mejor vengo mañana tempranito”. -¿Y
después?- Le preguntó mi papá: “pos ahí
vengo en la mañana con mi hacha, y al llegar donde estaban
las raíces que veo dos ollas de barro, grandecitas, despedazadas
y un cofre ¡¡pero vacíos!!” Todos pusimos
cara de sorprendidos, nos quedamos mudos y la barbacoa se empezó
a enfriar. “Hasta las huellas de Pancho González sobre
el lodo estaban recién frescas, iban directito a su casa.
¡todo por güevón! sigo siendo pobre…”
concluyó.
“¿Y luego? ¿no fuiste con Pancho?” –preguntó
mi abuelo. “Sí, fui siguiendo las huellas, y me cansé
de tocarle en la casa. No estaba ni él ni nadie de su familia.
Solo las huellas muy recientes de las rodadas de su camioneta...
Se fueron con mucha urgencia para Jerez”.
Nos encaminamos luego a ver el mezquite caído... y sí,
ahí estaban entre las raíces los tepalcates de las
ollas y un viejo cofre de madera con herrajes hechos de cuero. Mi
abuelo fumándose un cigarro de hoja, le dijo muy serio a
nuestro anfitrión: “Muy cierto, todo por güevón
compadre”. Yo me entretuve inspeccionando los pedazos de barro
y el baúl, como si buscara alguna moneda que se hubiera quedado
ahí escondida u olvidada en el barro.
De Panchillo González, jamás volvió al rancho,
hace algunos años lo vi en México, era propietario
de una cadena de tortillerías y le pregunté: “Oiga
don Pancho, ¿y como le hizo pa’ tener tanto dinero?”.
Y nomás me contestó: “¡trabajando, chavo,
trabajando!” Yo me reí para mis adentros, y pensé:
“Sí, trabajando en la madrugada pa’ llevarse
todo el oro del mezquite”.
SALUDOS A DON JOEL. Un grato encuentro tuve en días pasados
con don Joel Rodríguez, amigo de toda mi familia, y lector
mío. Le reitero mi aprecio y elde mis gentes y le envío
un saludo extensivo a toda su familia con mis mejores deseos. Don
Joel Rodríguez es ampliamente conocido por los jerezanos.
Yo me acuerdo de él cuando trabajaba en el correo, y por
las noches vendía sus famosos burritos (por el lado sur del
jardín y luego en la primera cuadra de la Pino Suárez).
Era un privilegio recargarse en la hielera mientras le preparaban
sus burritos con su cobertura de aguacate, jitomate, cebolla y chile
bien picado, pero ahí estaba siempre don Jesús Borrego
echando plática.
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