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Miércoles,
6 de Agosto del 2003
Nadie quiere un Presidente autoritario,
sino eficaz
Sin necesidad aparente, el Presidente volvió a generar
controversia al referirse hace unos días a la expresión
con que reaccionó, hace ya más de medio año,
a un cuestionamiento sobre la actitud pasiva con la que su
gobierno permitió se agudizara el diferendo entre dos
televisoras. "Yo por qué", respondió
en esa ocasión, en un tono que era más de reclamo
que de reserva acerca del papel que debe jugar el poder público
en la atención de ese tipo de conflictos; ahora el
propio Fox lo trae de nuevo a colación para admitir
que "se le salió espontáneamente",
aventurar una explicación -"lo que quería
decir es que sólo al Presidente se le exige que saque
al país adelante"- y explicitar que, al eludir
toda injerencia en el caso, ponía en práctica
su convicción de que "el presidencialismo autoritario
se acabó".
Nadie
le estaba pidiendo que avasallara sino que interviniera; tampoco
se esperaba de su parte acciones fantásticas, si acaso
el ejercicio legal y oportuno de sus responsabilidades.
De
ser sincera tal argumentación, la anécdota,
más allá de los comentarios que en su momento
mereció, tiene, en efecto, un valor didáctico,
pues ilustra una forma de pensar y, lo que es grave, de conducir
al país. Acierta Fox al afirmar que a todos nos compete
la construcción del proyecto nacional, pero ello no
diluye ni reparte los deberes que conlleva el mandato recibido
en las urnas; tiene razón cuando afirma que, en la
medida en que cada uno haga su parte y la haga bien, México
tendrá un futuro más venturoso, pero yerra al
creer que la cuestión esencial estriba sólo
en ponernos de acuerdo o en motivarnos recíprocamente.
Es
posible que el peso del encargo agobie o rebase, mas esto
no se remedia eludiendo, o peor, abdicando el cumplimiento
de las obligaciones contraídas. Gobernar implica convocar,
pero antes que nada significa salvaguardar el estado de derecho
y ello es posible en la medida en que cada autoridad desempeña
a cabalidad y en el tiempo que le corresponde, las atribuciones
y los deberes que la ley consigna; sin excederse ni contenerse.
El poder es para ejercerlo y eso es lo que la gente espera
del Presidente: que acredite que su liderazgo es claro, y
la estrategia por la que optó para realizar sus planes,
eficiente.
De
ahí la relevancia de los sanos equilibrios en que descansa
la república y los contrapesos inherentes a la democracia.
Lo que diferencia a ésta de la demagogia como forma
de gobierno, no es que los representantes del pueblo suplan
a sus representados en la toma de decisiones, sino que cumplen
esa misión como servidores de éstos, por lo
que están, en todo momento, expuestos a que se les
llame a cuentas.
En
modo alguno conviene que quien tiene el mando prefiera no
afrontar los problemas o aplicar la ley, por el prurito de
no hacer valer la autoridad pues, según él,
así procede el presidencialismo autoritario; dicho
razonamiento, además de ser falacia insostenible, da
la razón a quienes creen contrario sensu que, no siendo
lo ideal, es preferible un gobierno duro pero eficaz, a uno
que, obsesionado por no perder popularidad o medroso ante
la magnitud de los retos que en otro tiempo ofreció
encarar, no se decide a actuar.
Sobran
en la historia ejemplos que se convirtieron en lecciones -algunas
muy dramáticas- de gobernantes que, al no resultar
reales líderes, dieron paso a la anarquía, o
bien, le allanaron el camino al totalitarismo. Es todavía
tiempo de que el Presidente comprenda en qué consiste
el ejercicio institucional del poder y no sólo cómo
se llega a él; que se decida al fin a gobernar, sin
evadir ni justificarse. De lograrlo, le dará eficacia
al poder.
Senador de la República: Cesár Camacho Quiroz
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