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Salieron
de Zacatecas a combatir a Iraq
Como
en la Guerra del Golfo de 1991, soldados de origen mexicano participarán
en las operaciones terrestres contra las tropas Iraquíes. En dos
poblados de Zacatecas fue posible localizar a algunas familias que viven
la angustia del conflicto armado
ALBERTO
AGUIRRE M.
Ciudad
de México (23 marzo 2003).- A las 6:30 horas del pasado jueves
20, Bagdad se estremeció con el aullido de las alarmas antiaéreas,
luego de una larga noche de zozobra. La guerra había comenzado.
Una
guerra que millones de personas rechazaron, pero cuyas voces fueron ignoradas
(página 5). Una guerra que, según advierte Raúl Benítez
Manaut, obliga a México a redefinir su relación con Estados
Unidos (página 8). Una guerra empujada por los "halcones"
que rodean a George W. Bush, de acuerdo con el análisis de Antonio
de la Cuesta (página 10). Una guerra en la que aparecen en la primera
línea de combate soldados de origen mexicano.
"Si
viene una guerra, esté preparada para todo y no se apure: si me
matan, usted va a quedar bien feriuda", bromeó Rogelio Almeida
Márquez.
Era
el sábado 1o. de marzo. Del otro lado de la bocina, Leticia Márquez
y Rogelio Almeida, atendían un enlace especial entre Kuwait y La
Encarnación, una pequeña ranchería de este municipio.
Con sus 18 años cumplidos, Roy, "private" (soldado raso)
del escuadrón D119 del Primer Batallón del 19° Cuerpo
de Infantería del Ejército de Estados Unidos, se despedía
de sus padres.
Esa
unidad forma parte de las tropas que el jueves 20 comenzaron su avance
rumbo a Iraq.
Roy
Almeida nació el 4 de julio de 1984 en Long Beach, California,
pero vivió en la ranchería de los 3 a los 15 años.
Aquí
terminó su secundaria y luego se fue a Duncan, una pequeña
población latina de Oklahoma City.
El
15 de junio del año pasado se graduó de la High School.
Una semana después, firmó un contrato que lo obliga a pasar
tres años en la milicia.
Entre
el 28 de junio y el 29 de agosto recibió su curso básico
en Fort Sill, Oklahoma. Tuvo ocho semanas de instrucción, que mayoritariamente
se completan en el campo. Allí aprendió manejo de armas,
mantenimiento de vehículos y de equipo, comunicaciones, navegación
en tierra y táctica, bajo un exigente programa de entrenamiento
físico.
Roy
Almeida es uno de los cinco ciudadanos de este pequeño municipio,
56 kilómetros distante de la capital zacatecana, que son oficiales
del Ejército de Estados Unidos.
Villanueva
y Nochistlán son dos municipios zacatecanos que han dado soldados
a los Estados Unidos.
En
ambos lugares hay veteranos de la guerra del Golfo Pérsico, de
1991, y soldados enviados al frente de guerra. Los soldados Antonio y
Hugo Pérez y la enfermera María Durán, de Nochistlán
y el sargento segundo José Cruz Carbajal, de Apulco, estuvieron
en 1991, lo mismo que José Antonio Márquez Martínez,
ex oficial de las Fuerzas Especiales y la sargenta séptima Esperanza
Montoya Domínguez, ambos, de Villanueva, quienes además
participaron en operaciones en Bosnia y Kosovo.
Entre
los jóvenes de origen zacatecano que han ingresado recientemente
están Isidro y Alejandro Gálvez, cuyos padres son de El
Plateado; Juan Carlos Simental -especialista en computación, asignado
al sistema misilístico-, y Emmanuel Durán Tachiquín,
oficial en la Marina. En Las Ánimas, una ranchería a cinco
kilómetros de la cabecera municipal, están las familias
de cinco soldados más.
En
los últimos dos meses, Estados Unidos movilizó al Golfo
Pérsico más de 244 mil soldados, casi 60 por ciento de sus
unidades. Para mantener la vigilancia en su propio territorio y en otras
zonas estratégicas, como Kosovo, Bosnia, el Sinaí, Japón
y Hawaii, tuvo que llamar a sus reservistas.
El
número de tropas de origen mexicano se desconoce. El pasado 17
de febrero, el gobernador Ricardo Monreal Ávila declaró
que tres cuartas partes del Ejército de Estados Unidos estaban
compuestas por latinos y afroamericanos y refirió que entre ellos,
casi 40 por ciento eran mexicanos o mexicano-americanos.
Si
hubiera una guerra, auguró el mandatario zacatecano, entre las
primeras bajas habría mexicanos.
"Sería
una lástima que estas vidas se perdieran en la guerra", señaló.
Un
día después, la embajada de Estados Unidos en México
emitió una declaración formal para descalificar sus estimaciones
y, citando datos del Defense Manpower Data Center Report de marzo de 2002,
precisó que hay 122 mil 498 latinos entre las tropas estadounidenses.
Sólo 9.1 por ciento de los efectivos son de origen mexicano.
Los
padres de Roy Almeida emigraron a California en diciembre de 1976, un
mes después de haberse casado. Allá nacieron tres de sus
hijos. Regresaron 11 años después. Y tuvieron tres hijos
más, ellos mexicanos.
Cuando
Roy cumplió 15, lo enviaron con sus hermanas para que estudiara
la preparatoria, aprovechando el beneficio del financiamiento estatal,
para los ciudadanos estadounidenses.
Ingresar
al Ejército fue el único modo de garantizar que fuera al
College (la universidad), dice su madre, Leticia.
Ella
supo que su hijo sería soldado hasta que él habló
para pedirle su bendición. Leticia no da crédito de que
en menos de un año cambie su vida. Tampoco deja de llorar por su
hijo.
-¿Qué
piensa ahora de la broma que le gastó su hijo?
-Yo
nunca me imaginé que se fuera a ir a la guerra, uno nunca piensa
en eso. Y ahora él anda allá.
-¿Qué
espera que haga?
-Más
que nada que él cumpla su misión? y que se arregle todo
como Dios manda, ¿verdad? Yo me siento muy triste. Yo rezo por
él todos los días, porque uno sabe que anda en peligro.
La
historia de Roy es casi idéntica a la de Juan José Damián
Valdés, un muchacho de Nochistlán que está a punto
de cumplir 19 años y que también fue desplazado a Kuwait.
Su
madre, Aurora Valdés de Damián no olvida la llamada que
Juan José le hizo, justo al mediodía del lunes 20 de enero.
"A
las 17:00 horas, tiempo de México, nos vamos", escuchó.
La señora Valdés de Damián vive en una casita en
el centro de este municipio, colindante con Los Altos de Jalisco.
Juan
José Damián Valdés nació en Nochistlán,
el 24 de junio de 1983. Es el penúltimo de 12 hermanos. Pasó
su infancia en Nochistlán y cuando cumplió 15 años
emigró a Oklahoma, donde vivían Hilda y Leticia, sus dos
hermanas mayores.
Se
enroló, el 2 de julio del año pasado. Lo enviaron al 35
batallón del 1° Pelotón, a Fort Wood, en San Louis,
Missouri. En octubre fue trasladado a Atlanta. Pasó las vacaciones
decembrinas con su mamá. El 2 de enero regresó a su base.
Y 20 días después fue despachado a Kuwait.
La
señora Valdés asume como irremediable la presencia de su
hijo en el Ejército. Recuerda que Juan José pensó
por primera vez en alistarse cuando los ataques terroristas del 11 de
septiembre de 2001.
"Me
dijo: 'yo quisiera ir a matar a ese greñudo (Bin Laden)'; me quitó
la escoba para hacer como si disparara. Yo le decía 'que se te
borre ese mal intento, ¿tú por qué? Eso déjaselo
a Dios'".
-¿Cómo
se siente?
-¡Imagínese!
No muy contenta porque no sé la suerte que le irá a tocar.
Yo me sentiría orgullosa cuando venga y me diga "ya vine y
ya estoy aquí". Entonces sí. Hay veces que me agarran
los nervios y pues casi estalla uno. Pero con la ayuda de Dios va salir
con bien y va a regresar con nosotros.
Rogelio
Almeida y Leticia Márquez, los padres de Roy, son originarios de
la ranchería El Salto. De allí mismo era Luis Felipe Montoya,
tío de Rogelio, y fundador en Villanueva de una familia que tiene
a tres de sus miembros en el Ejército de Estados Unidos.
Montoya
y su esposa, Rosario Domínguez Escobedo, tuvieron nueve hijos,
de ellos, cuatro mujeres. La menor nació en 1965. La llamaron María
Esperanza. Ella, desde hace 16 años es oficial castrense. Ahora
es sargento séptimo y está acantonada en Las Vegas.
En
1991 participó, durante tres semanas, en la operación Tormenta
del Desierto. Seis años después la enviaron a Bosnia.
Estaba
en servicio cuando falleció su padre, en 1998. Hace un mes y medio
falleció su madre. Tuvo que intervenir la Cruz Roja Internacional
para que le permitieran asistir al sepelio.
Esperanza
pasó una semana en Villanueva. Su hermano Efrén recuerda:
"Quería
ir otra vez al Golfo. Ahora está en Las Vegas, reclutando a los
soldados. Pero decía que era muy probable que la mandaran".
-¿Qué
piensa de la vida que escogió?
-A
mí me gustaría que fuera generala. Ahí la lleva.
Le echa muchas ganas.
-¿Le
importa que su trabajo implique arriesgar la vida?
-Sí,
pero qué le hago. De algo nos tenemos que morir.
Además
de Esperanza, la familia Montoya tiene otros dos miembros en las Fuerzas
Armadas de Estados Unidos: sus sobrinos Francisco Quintero, comisionado
a Alaska y Alejandro Wells, alistado en El Paso, Texas. Ambos tienen 25
años y nacieron en Estados Unidos.
Ambos,
dice Efrén Montoya, son carne de cañón.
"Los
jóvenes son los primeros que mandan. Yo estoy en contra de la guerra,
pero de ese tema no hablo con Esperanza. '¿Y a ti qué te
importa? Tú no sabes, porque no eres americano', me dice".
Esperanza
Montoya es tía lejana de Roy Almeida. Y en Villanueva fue amiga
de otro compatriota que se matriculó en el Ejército de Estados
Unidos.
Él
es José Antonio Márquez Martínez, nacido en Villanueva
en 1971.
Se
alistó al Ejército justo después de la Guerra del
Golfo.
Ingresó
a las Fuerzas Especiales luego de estudiar en Alemania.
Como
oficial de ese agrupamiento estuvo en Fort Bragg, Carolina del Norte,
y en Fort Bliss, Texas. Actualmente está en Fort Rucker, Alabama.
En julio próximo culminaría un curso para pilotear aviones
de combate.
Desde
que ingresó a las Fuerzas Especiales, su vida se ha vuelto un misterio.
Su madre apenas apunta que es sargento de operaciones y que al frente
de un escuadrón, estuvo en Kosovo y Bosnia.
Amelia
Martínez sabe que su hijo puede ser enviado a Iraq. Dice que ha
aprendido a no angustiarse por la actividad de su hijo, pero no se despega
de la televisión.
-¿Le
reza mucho?
-No.
Ahora ya digo pues que Dios le ayude. ¿Qué hago? Al principio
iba y rezaba, lloraba, y no dormía. Hasta que mis hijos me convencieron
de que parara. 'Usted tiene más cosas de qué preocuparse,
déjelo, que Dios lo ayude'. Tenían razón. Yo no voy
a remediar nada. Y él me dice que esté tranquila, que se
la pasa suave? que no me preocupe, que está muy bien.
Una intrincada terracería de casi 30 kilómetros separa a
la ranchería Lo de Carrera de la cabecera municipal de Apulco.
Es un caserío en el que viven apenas 80 personas, casi todos ancianos,
mujeres y niños.
Allí
nació José Cruz Carbajal, hace 56 años. Allí
se casó con Celia Calderón, una muchacha de Ciudad Juárez.
Y de allí salió, hace 38 años, para trabajar como
tapicero en El Sereno, justo en el Este de Los Ángeles, California.
Allá
nacieron sus tres hijos. El mayor debería llevar su nombre. Pero
ahora es Joe Carbajal, sargento segundo del Ejército de Estados
Unidos.
Joe
quería ser policía. Cuando terminó la High School,
a los 18 años, presentó sus exámenes para ingresar
a la milicia. Fue aceptado y firmó un contrato por dos años.
Lo enviaron al curso básico a Fort Benning, que terminó
en el verano de 1990.
Regresó
a East LA e inició sus estudios en administración de justicia.
Estuvo apenas siete meses en las aulas. El 31 de enero de 1991 recibió
una "orden ejecutiva" del Comandante Supremo de las Fuerzas
Armadas, el presidente de Estados Unidos, para regresar a su unidad. Su
asignación fue la operación Tormenta del Desierto. Lo enviaron
a Alemania y después a una base estadounidense en Turquía,
a tres kilómetros de la frontera iraquí. Allí estuvo
los últimos tres días de la ocupación.
-¿Tuvo
experiencia de armas?
-Sí
hubo disparos pero no puedo decir que fui yo; es confidencial?
-¿Qué
pensó en ese momento?
-Me
daba miedo cometer un error y que por éste, mis compañeros
se murieran.
-¿Pensaba
en su familia, en su novia?
-Sí,
pero más en mi familia. Quería que entendieran que no debían
preocuparse, que con los soldados, los tanques, la Fuerza Aérea,
los helicópteros y el entrenamiento teníamos buena probabilidad
de sobrevivir.
-¿Pensó
en qué pasaría si lo herían o caía en combate?
-En
morir sí, en caer herido no. Algunas veces yo me ponía a
pensar: "no quiero estar sin piernas, sin un ojo. Es o muerto o no".
Tenía 19 años. No quería estar herido. "O me
matan o no".
Ése
era mi pensamiento.
Desde
entonces, Joe Carbajal ha tenido una carrera intermitente en el Ejército
de Estados Unidos. Cumplió con su contrato inicial y después
ingresó a la Guardia Nacional, en California.
En
octubre de 2001, nuevamente lo llamaron. Se reunió con su unidad
en Fort Carson, Colorado y después fue enviado a Utah, a cuidar
una base donde destruyen armamento químico. Allí pasó
un año.
La
semana pasada recibió un "aviso informal" de que regresara
al Ejército.
No
entrará en combate, pero será parte de las fuerzas de ocupación.
"Allí
es donde sí podrían morir muchos, donde va a estar el peligro,
donde va a haber terrorismo. Van a atacar a los soldados que estemos allí".
-¿Cuándo
viajaría a Iraq?
-Para
principios de mayo. Antes tendría que entrenar por unos 16 días.
-En
tanto, ¿qué va a hacer?
-Lo
más difícil: tengo que poner todas mis pertenencias en cajas
y guardarlas... y hacer los arreglos correspondientes, como si nunca fuera
a regresar: desconectar el teléfono, el cable, y poner todo en
orden.
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