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LA
TELEGUERRA
* Por Sergio Octavio Contreras Padilla
Después de 21 días de combate entre las tropas angloamericanas
y la milicia de Saddam Hussein, Bagdad capital de Irak, cayó en
manos de las fuerzas invasoras. El pasado miércoles 9 de abril
desde las siete de la mañana más de 20 canales vía
satélite daban cuenta del hecho. En México las televisoras
nacionales interrumpieron su programación habitual para transmitir
las históricas imágenes de la caída del régimen
iraquí: el saqueo de palacios, la demolición de estatuas
y efigies.
Esta
guerra pasará a la historia como un conflicto armado sazonado por
la desinformación y la violación a los derechos más
elementales de información con fines propagandísticos de
ambas partes. El ataque al hotel Palestina en Bagdad el martes pasado
por parte de las fuerzas invasoras, donde dos periodistas extranjeros
que cubrieron la desigual guerra murieron, fue el colofón de los
mecanismos irracionales de control mediático.
La
censura esperada por la Casa Blanca no fue la que se esperaba a diferencia
de anteriores guerras donde los medios fueron unilaterales. Ahora hubo
millones de voces disidentes que desde antes de que cayeran las bombas
de racimo y se disparan balas con uranio empobrecido, ya habían
condenado el ataque. No ocurrió lo mismo por el férreo control
mediático en el ataque a Panamá a finales de los ochenta
y tampoco en la primera guerra del Golfo Pérsico.
En
la aun inconclusa nueva guerra contra Irak, sobresalen tres características:
a) La campaña bélica que devastó ciudades enteras
y en donde el saldo de muertos y heridos aun es incalculable (sobre todo
niños y mujeres). b) La propaganda psicológica para legitimar
la invasión al influir miedo a una opinión pública
norteamericana desinformada, que ante el temor de ser víctimas
de algún atentado terrorista como el ocurrido el 11 de septiembre
del 2001, prefirió respaldar el bombardeo y c) la guerra mediática,
por un lado las grandes cadenas televisivas encabezadas por la CNN y Fox
News (que avalaron editorialmente la destrucción de la antigua
Mesopotamia) y por otro la resistencia de medios árabes como la
televisión Al Jazeera que nos mostró otra cara de las “bombas
inteligentes”.
1.
El miedo fingido. Previo a los ataques del 21 de marzo por parte de la
alianza angloamericana, el gobierno estadounidense al no contar con el
aval de las Naciones Unidas y el respaldo de la OTAN, inició una
guerra interna para legitimar su acción militar llamada “liberación
iraquí”. Cadenas como CBS, NBC ABC y hasta la televisión
pública PBS, presentaron documentales sobre la vida de Saddam Hussein
y el peligro que representaba para el mundo entero. Al dictador árabe,
a sus hijos y colaboradores los presentaron ante la opinión pública
como locos y desquiciados.
El
argumento inicial para iniciar la batalla fue infundir temor a la población
estadounidense. Irak tenía armas químicas, biológicas
y de destrucción masiva que representaban el apocalipsis de occidente.
Conforme se acercaba el ultimatum de Bush, Blair y Aznar para atacar al
país árabe, aumentaba el miedo en Estados Unidos, un miedo
global que en el país vecino se reflejó en el apoyo que
dio la opinión pública mal informada a la intervención.
Hoy el régimen ha caído y aun nos seguimos preguntando ¿dónde
están las armas atómicas?.
2.
La desinformación. Una vez desatado el encarnizado bombardeo contra
las ciudades iraquíes el argumento de la Casa Blanca cambió.
Ya no se trataba de destruir las armas de destrucción masiva, sino
de derrocar el régimen de Hussein. Siguiendo un mismo guión
editorial, las principales cadenas de televisión, radio y prensa,
encabezadas por las empresas mediáticas del multimillonario australiano
Rupert Murdoch, dilapidaron su capital de credibilidad al presentar información
sesgada de lo que acontecía en el campo de batalla. Lanzaron una
campaña para comprar productos anglosajones y vetar aquellos que
provenían de países en contra de la intervención,
como Francia.
Las
cadenas censuraron escenas de guerra, como fueron las imágenes
que transmitió la televisión iraquí sobre la detención
de cinco marines estadounidenses y una decena más acribillados
al sur de Bagdad. La difusión de una de las caras de la guerra
fue reprochada por el gobierno de Estados Unidos, alegando que se violaban
los Tratados de Ginebra.
Como
castigo la televisión Al Jazeera fue bombardeada por aviones de
la coalición, falleciendo uno de sus reporteros, mientras su sitio
en internet fue saboteado. Sin embargo ningún comentarista en el
país vecino puso contra la pared al sistema Bush, pues basta recordar
que en la guerra contra Afganistán, los prisioneros talibanes fueron
presentados ante las pantallas amarrados de pies y manos, con los ojos
vendados, en condiciones infrahumanas. ¿Apoco nuestros racionales
vecinos ya olvidaron el campo de concentración que mantienen en
Guantánamo?.
La
confusión predominó en el ambiente informativo. Mientras
en conferencia de prensa desde Doha, el cuartel general de la coalición
afirmaba que ya habían controlado varias ciudades, enviados a la
zona del conflicto reportaban aun enfrentamientos. La saturación
de reporteros “incrustados” terminó intoxicando las
pantallas televisivas.
3.
Canales del bien. Los medios de comunicación estadounidenses y
algunos británicos se convirtieron más que en canales de
información en el mensaje de la intolerancia. En Norteamérica
surgieron brotes de racismo contra aquellos que estaban en contra de la
guerra. Ciudadanos y comunicadores eran llamados “antiestadunidenses”
o “traidores a la patria”.
La
mayor parte de la sociedad norteamericana no se dio cuenta de lo que en
verdad pasó en la intervención. Las marchas de protesta
en más de 500 ciudades del mundo fueron minimizadas por las cadenas
mediáticas. En contra parte periodistas independientes y sobre
todo la televisión árabe, ofreció una visión
diferente del conflicto. Las imágenes de niños ensangrentados,
jóvenes mutilados y mujeres llorando dieron la vuelta al mundo
y terminaron por deslegitimar los mecanismos angloamericanos para imponer
al mundo entero una política de dominio basada en “guerras
preventivas”.
Y
como parte de esta política policiaca, la sociedad norteamericana,
los habitantes de este mundo y los propios medios de comunicación
somos víctimas de atentados directos a la libertad de expresión
y al derecho a la información. A partir de esta guerra que aun
no termina, podemos esperar que los mecanismos de vigilancia como si se
tratara de un Big Brother de Estado, se reviertan contra los derechos
ganados por occidente después de la Segunda Guerra Mundial. La
vida privada será pública y se almacenará en grandes
ordenadores para tratar de prevenir algún ataque al status quo.
Esta realidad simulada, como señalara la semana pasada ante las
cámaras de CNN el escritor mexicano Carlos Fuentes, podría
generar conflictos armados en todo el mundo como medida preventiva: Pakistán
contra la India y Corea del Sur contra Corea del Norte por citar dos ejemplos.
El
sentido de persecución y una amenaza simbólica, han llenado
en los últimos meses los vacíos racionales de las audiencias
con cientos de páginas en los periódicos y miles de minutos
al aire de información, que en la mayoría de los casos,
no contó con parámetros verídicos para construir
un referente social del mundo caótico en que vivimos.
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Comunicólogo. E-mail: analisismedios@yahoo.com
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