DEBATE
SOBRE EL EJERCICIO DE LA CIUDADANÍA
DE LOS MEXICANOS EN EL EXTRANJERO
Miguel Moctezuma L.
jmmoctez@cantera.reduaz.mx
Hasta donde entiendo, las normas jurídicas no conforman una teoría
explicativa de lo social. Con este artículo me propongo abrir
el debate sustantivo sobre este importante tema, mismo que dirijo a
los llamados “expertos” y a quienes invito a discutir más
allá de las normas jurídicas, ya que ellas mismas antes
deben de ser explicadas.
Una constante en los distintos ensayos y artículos publicados
sobre el tema, es el reconocimiento —ciertamente con algunos matices—,
de que entre los mexicanos que residen en los Estados Unidos, existe
una relación estrecha entre la participación política
y la membresía mexicana al Estado-Nación.
En este ensayo, a diferencia de otras reflexiones, se intenta demostrar
a través de un minucioso trabajo de campo, que existe una membresía
comunitaria que da origen a una cierta participación política
de los mexicanos que residen en el extranjero, misma que para el caso
de la demanda del voto extraterritorial se amplia a la Nación.
Aspectos
conceptuales
Según Merton, R. 1972, la identidad como concepto tienen tres
peculiaridades: es subjetiva, cuando solamente recoge los sentimientos
de pertenencia; es subjetiva y a la vez objetiva, cuando se refiere
a una realidad que permite el reconocimiento de ser parte de una relaci?n
o un grupo social; y, es subjetiva/objetiva e intersubjetiva, cuando
recoge la percepción de sí mismo y de la realidad, pero,
además reconoce que se trata de una relaci?n con otras personas.
La identidad individual y de grupo es un concepto cultural que se refiere
al sentimiento de pertenencia y de diferenciación social (Geerts,
C. 1973). El sentimiento de pertenencia es la sensación o percepción
que se tiene de sí mismo, es la manera en la cual se toma conciencia
de ser parte de un determinado grupo social y, mediante la cual se toma
distancia del “otro”. Pero la identidad, además de
ser subjetiva, también se internaliza a partir de una realidad
que implica la existencia de elementos objetivos y sociales de diferenciación
y estratificación (Giménez, G. 2002:150).
Así, la identidad nacional es una construcci?n que tiene como
referente simbólico el territorio de una Naci?n. Pero, en estricto
sentido, no se trata de una identidad sobre el territorio, sino sobre
las relaciones culturales que sus miembros construyen objetiva y subjetivamente
en torno a él. En esta acepción, el territorio sirve como
referente o marco de las relaciones que simbólicamente representa.
De esto se deriva, que desde el extranjero, los migrantes y sus descendientes
construyen la identidad y la pertenencia, en tanto forma simbólica
y cultural de vinculación respecto al Estado/Nación.
La identidad generalmente se construye en plural. Entre los migrantes,
se desarrollan varios niveles de identidad. Así, se reconocen
a un mismo tiempo como zacatecanos o jaliscienses formando parte de
los latinos, pero también como mexicanos y a menudo, como miembros
de un municipio y de una localidad más pequeña.
Este espacio de acción y reafirmación de la identidad
local es el que, en Estados Unidos lleva a los migrantes a formar comunidades
filiales, las que luego sirven para asumir compromisos de membresía
más allá del sentimiento de identidad, evolucionando hacia
los llamados clubes sociales.
Según Smith, Robert (2001), la solución conceptual de
este asunto radica en reconocer explícitamente que existe una
estrecha relación entre membresía, ciudadanía y
la participación política, en tanto proceso estructurado
desde las estructuras de poder, susceptible de modificación a
partir de la lucha de clases.
De esto se desprende que analizando la membresía y la ciudadanía
como un proceso, la situación suele tener dos momentos: en el
primero, existe una relación diferenciada entre membresía
y ciudadanía; esta diferenciación otorga un reconocimiento
formal y legal a la ciudadanía y sólo un reconocimiento
político a la membresía, la cual, sin que alcance el reconocimiento
legal puede llegar a ser formal; segundo, en la medida que la membresía
incluye la ciudadanía sustantiva, la experiencia histórica
demuestra que ésta tiende a evolucionar hasta abarcar un espectro
cada vez más amplio de prácticas. Es decir, en relación
con los migrantes de un país, se requiere abordar la relación
entre membresía y ciudadanía a partir de la participación
política en su sentido más amplio, por tanto, como un
proceso social en permanente disputa.
Lealtad
a México
Quienes sistemáticamente se han opuesto al ejercicio del voto
extraterritorial de los mexicanos que radican fuera del país,
se basan pobremente en una lógica bipolar que se manifiesta en
un modelo de interpretación muy simplista: primero, parten del
supuesto casi axiomático de que la migración de un país
a otro implica el rompimiento con el primero, y que esto se va profundizando
con el paso del tiempo. Segundo, sostienen que el establecimiento en
el nuevo destino lleva inexorablemente a una ruptura con los orígenes
comunitarios de los migrantes.
Las evidencias encontradas a través de la investigación
de campo, por el contrario, demuestran que los migrantes al mismo tiempo
que se adaptan a las nuevas circunstancias sociales, son también
capaces de mantener orientados los vínculos y compromisos hacia
sus comunidades de origen. Esto por supuesto, se refiere a la lealtad
con la comunidad, pero, nada indica que ello no se extienda hacia la
Nación. Por supuesto, ello encierra toda una problemática
que reclama del auxilio de la sociología, la cultura, la antropología
y la ciencia política.
Veamos esto, para las versiones estructuralistas de diversa orientación
(simplistas y tradicionales), la comunidad migrante es homogénea,
cuyos límites espaciales no van más allá de sus
propios confines territoriales. Esto mismo vale para el caso de la Nación.
Empero, lo que hay que poner en duda son justo las fronteras de lo comunitario
y espacial, ámbitos en los que se desarrollan las relaciones
sociales de los migrantes. Es decir, se requiere reconocer la necesidad
de valorar cómo el migrante ciertamente busca desarrollar nuevas
imágenes, otras coordenadas y una serie de nuevos mapas o esquemas
referenciales que coinciden con el entrecruzamiento simultáneo
de dos espacios, implicando cursos de vida significativamente distintos
y mundos sociales diferentes (Rouse R, 1994:322). Esta nueva fisonomía
está muy lejos de presuponer la ruptura con la comunidad y el
país de origen. Es decir, los migrantes, conservan simbólicamente
un territorio y una cultura que les sirve como referente territorial
y matriz de pertenencia. Justamente esto es lo que hace posible la formación
y la naturaleza de la comunidad filial migrante y el establecimiento
de los lazos entre los distintos asentamientos de los migrantes. Por
supuesto, en el terreno contrario, esto tampoco debe llevar a la idea
errónea de que las comunidades de los migrantes permanecen cerradas
e impermeables a lo externo (Moctezuma Longoria, M. 2000:).
El problema que de todo esto se desprende, es que los conceptos de comunidad,
ciudadanía sustantiva, residencia y otros que consagran las leyes
primarias y reglamentarias, tanto federales como estatales, son casi
geográficos. Pero, en este enfoque alternativo, se reconoce que
las comunidades de los migrantes son socialmente construidas por sus
propios miembros y que ello no se circunscribe a un solo espacio físico.
Esta es la esencia de la mexicaneidad entre los connacionales que residen
fuera de México. En efecto, la comunidad de los migrantes es
lo que ellos comparten entre sí. Sin embargo, lo que los migrantes
construyen como comunidad en Estados Unidos, tiene dos fuentes culturales:
la parte medular proviene de lo que previamente han socializado y compartido
en la comunidad de origen y su complemento deviene de aquello que ellos
logran asimilar en la sociedad de destino (proceso de socialización
primaria y secundaria). Entonces, reconocer en la legislación
los conceptos de membresía comunitaria, participación
social y participación política, requiere no ignorar sus
fuentes y el multiespacio donde estas se generan. Por tanto, si la comunidad
es el conjunto de prácticas sociales en donde se reproduce la
vida social de una población y si estas prácticas sociales
son creadas, recreadas y reestructuradas más allá del
espacio inmediato, entonces, se hace imprescindible incorporar un concepto
de comunidad que recoja simultáneamente esas prácticas.
Por esta vía es fácil argumentar que, los migrantes, sin
residir en la comunidad de origen, actúan como miembros de ella.
Es decir, más allá de lo que reconoce la Ley Electoral
de cualquier entidad mexicana, los migrantes viven su membresía
involucrados en iniciativas comunitarias tanto en México como
en Estados Unidos y esto debe de ser reconocido como una residencia
binacional o simultánea (Moctezuma Longoria, Miguel “propuesta
de iniciativa de reforma de la Constitución Política del
Estado Libre y Soberano de Zacatecas, 9 de Enero de 2003).
Construcción
de los Hechos
La investigación de campo con que se cuenta, reconoce que programas
como el “Tres Por Uno”, más allá de su importancia
económica, pueden ser interpretados sociológicamente como
un medio que permite que los migrantes logren conservar su raíces
e identidad, además de abrir posibilidades para la realización
de una variedad de prácticas extraterritoriales sobre la membresía.
Esto mismo sucede en la reproducción de la vida comunitaria en
las comunidades filiales y más claramente en el caso de los clubes
de migrantes (Moctezuma, Miguel, Ibíd, 2000).
Así, la pertenencia es un factor que deriva de la identidad hacia
una cierta unidad social o de la autopercepción, y en cambio,
la membresía deriva del ejercicio de ciertos derechos y deberes;
por supuesto, ello no se limita únicamente al ejercicio de votar.
Es decir, el ejercicio de la membresía siempre es práctica
y social, en cambio, sin que exista una frontera infranqueable entre
ambas, la pertenencia es subjetiva y cultural (Brubaker, W. R. 1990).
Esto es, la "integración" a la nación implica
la percepción de la "pertenencia" a la comunidad, la
cual, dependiendo de los agentes, es factible que evolucione hacia la
reivindicación y formalización de derechos y deberes de
naturaleza social y política. Por supuesto, la relación
entre ambos conceptos presupone un enfoque tanto sociopolítico
como sociocultural.
Pero, ¿por qué entre los migrantes mexicanos que residen
en Estados Unidos es tan pronunciado el localismo de las prácticas
de membresía? ¿Esta membresía puede o no evolucionar
hacia la membresía nacional? En los últimos años
ha venido problematizándose el hecho de que los migrantes mexicanos
que radican en Estados Unidos, cada vez tienen mayores dificultades
para orientar su pertenencia e identidad hacia el Estado/Nación
mexicano; y aunque en términos de tendencia esto es correcto,
está claro que al organizarse incursionan con éxito en
distintas acciones en tanto miembros de su entidad y comunidades de
origen. En principio, esto se explica porque la identidad que deriva
de la globalización hace que la mexicaneidad pierda fuerza para
algunos efectos, tornándose más anónima la afirmación
de su significado. Sin embargo, hoy en día y en sentido inverso
son más frecuentes las alianzas entre agrupaciones de migrantes
de varias entidades con el objeto de superar el aislamiento e impulsar
múltiples programas sociales hacia el país de origen.
Esto por supuesto indica que el migrante comienza a superar el aislamiento
y a verse extraterritorialmente como un agente de cambio nacional, al
que en otra parte he dado el nombre de migrante colectivo.
En lo que toca a las organizaciones de los migrantes mexicanos de varios
estados, particularmente de aquellos que se han organizado en clubes,
aunque en general mantienen la idea de que sus organizaciones no son
de naturaleza política, lo cierto es que inciden en muchas de
las decisiones que se toman sobre los destinos de sus comunidades, llegando
incluso a convertirse en organismos sociales con capacidad de negociación
ante los distintos niveles de gobierno, lo cual desde la participación
extraterritorial resulta interesante por su correspondencia con los
vientos democratizadores de nuestro país, cuyo basamento se alimenta
de la sociedad civil.
Pero, si esto es ya importante, lo es aún más, cuando
se descubre que los migrantes y también sus descendientes, han
venido adquiriendo mayor compromiso desde los Estados Unidos para involucrarse
en los programas y actividades comunitarias impulsadas por sus clubes
(Rouse, R. Ibíd; Itzigsohn, J. 2000. Parte de esta apuesta se
basa en la experiencia que está adquiriendo el sector de población
joven y en la formación política y cultural de las nuevas
generaciones (Chicago. Ill. Grupo de Foco, Octubre del 2000). En realidad,
los resultados más interesantes a favor de esta tendencia coinciden
con el hecho de que algunos dirigentes de clubes de migrantes zacatecanos
son jóvenes que llegaron a Estados Unidos en los primeros años
de vida o nacieron en ese país, y ahora cuentan con formación
universitaria como: Reina Reyes (Presidenta de la Federaci?n de Florida),
Erika González (Presidenta de la Federaci?n de Orange) Martha
Jiménez (Presidenta del Club Hermandad Las Animas), Ramón
Velasco (Presidente del Club Regionales de Tayahua), Suliana González,
Presidenta del Club Social Chacuiloca y Denise González, Graduada
de Universtity of Berkeley, representante del Grupo Juvenil de California.
Asimismo, en febrero de 1999 se formó en Chicago la Alianza Juvenil
de Zacatecas, cuyos miembros son estudiantes de la Universidad de Illinois,
todos ellos hijos de migrantes de primera generación. A ellos
se han venido agregando otros estudiantes como Zenia Ruíz, egresada
de la Universidad del Sur de California. En conjunto se plantean respaldar
las acciones de los clubes (FCZUSC, Revista, 1999-2000:39 y 2000-2001:63).
Estos son aspectos novedosos que ya están cuestionando muchas
de las imágenes simplistas que teníamos sobre la identidad
y la membresía de los migrantes mexicanos que en este caso son
binacionales.
En síntesis, hoy en día, ante la presión que produce
la globalización económica neoliberal y las políticas
desmembradoras de lo regional/local, los migrantes internacionales han
percibido extraterritorialmente la necesidad de redoblar los esfuerzos
organizativos y asumir una denominación lo más próxima
a sus comunidades de origen. Obviamente, en estas experiencias resurgen
las cuestiones sobre la identidad, el desarrollo de las redes sociales,
la participación política, el impulso a lo regional, etc.
ya que, ante la globalización y la vivencia en el extranjero,
se requiere de una mayor dosis de energía y creatividad para
afirmar la identidad nacional mexicana; por ello, aún habiendo
nacido en los Estados Unidos, la identidad menos anónima y más
próxima es la que se reconstruye a partir de su matria o comunidad
de origen. Dicho en términos culturales, para los migrantes resulta
vital la reconfiguración de la identidad basada en la pertenencia
comunitaria (Giménez, G. 1993:24), porque desde el extranjero
ella facilita la producción de relaciones a partir del espacio
social más inmediato, como el pueblo, la colonia e incluso, la
calle en donde adquiere sentido simbolizado la cotidianeidad (Loc. Cit).
Es decir, en el caso de los migrantes, se trata de la reconfiguración
extraterritorial de la vida comunitaria, en donde es posible recuperar
y transitar hacia la membresía y la identidad nacional.
Dicho sin rodeos, analizando esta situación desde el prisma de
la práctica de los migrantes, a diferencia de quienes se preocupan
por una supuesta amenaza en contra de la soberanía nacional,
la demanda del voto por parte de los resientes mexicanos que radican
en los Estados Unidos, constituye políticamente una de las reivindicaciones
más nacionalistas en el contexto de la globalizaci?n. Ella también
configura un vehículo que sirve para reforzar los programas de
desarrollo social y productivo de los migrantes hacia su comunidad.
Por tanto, se requiere abordar desprejuiciadamente la necesidad del
voto extraterritorial a partir de la correspondencia que existe ente
la nacionalidad, la membresía, la ciudadanía y la participación
política. Tal es lo que se desprende a partir de la reforma de
1996 al Artículo 36 Constitucional, Fracción III., misma
que tiene como intención explícita la viabilidad del voto
de los mexicanos residentes en el extranjero.

segúnda sección.- Frente Cívico
Zacatecano